"El caminante sobre el mar de nubes", de Caspar David Friedrich


Es una de las obras más representativas del romanticismo, “El caminante sobre el mar de nubes”, una pintura del alemán Caspar David Friedrich. Solo él supo canalizar la conmoción humana a través de la naturaleza que contemplamos, aquella incalculable e infinita, que se abre en toda su grandeza ante nuestros ojos. Un hombre vestido de negro, se encuentra de pie en lo alto de una montaña rocosa, de espaldas al espectador mira un mar de nubes que se despliega por debajo suyo. Más allá, la niebla deja entrever algunos picos y el resto del paisaje escarpado asoma por el horizonte. La gran extensión de cielo por encima de las cumbres completan el paisaje, que se trata de una vista de la Suiza de Sajonia. Algunos han identificado a esta persona con el propio Friedrich, quien adelanta una pierna y se apoya en un bastón, firme ante la sublime quietud de lo que contempla. Hay un halo de misterio que encierra el cuadro, que nos absorbe y nos pone a nosotros, espectadores, al borde del acantilado. Probablemente, el artista quiso que seamos ese caminante que se rinde ante una naturaleza implacable. Son muchas las interpretaciones que se han dado sobre esta pintura, pero quizás, las más atinada sea que el mar de nubes representa la inmensidad del universo frente a la pequeñez del ser humano, quien resulta ser insignificante ante la naturaleza. En definitiva ella es eterna, pero el hombre es mortal. El mar de niebla parece no conocer límites, es infinito y se pierde en el horizonte; lo que nos recuerda lo desconocido e intangible. A las rocas las acaricia una suave bruma a la que no podemos ni tocar, pero que allí está. Si bien este caminante logró llegar hasta una cumbre, la naturaleza termina por imponerse y no deja de maravillarlo, le quita el aliento.

Lo que se busca es transmitir el sentimiento de lo sublime, esa impresión de magnificencia y conmoción que produce la naturaleza en todo su esplendor. En definitiva, el varón de espaldas nos recuerda nuestra propia mortalidad, y lo pequeños que somos en este vasto universo, que con tan solo un soplido de viento, nos aniquila.

La obra es del año 1818, es un óleo sobre tela de 74,8 x 94,8 cm. Actualmente se conserva en el Kunsthalle de Hamburgo (Alemania).

#ArteModerno #Cuadros